¡Ay, Caperucita, Caperucita!

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Hace unos meses supimos que en una escuela de Barcelona se había decidido retirar del catálogo de libros infantiles de la biblioteca un buen número de títulos, tanto como doscientos, entre ellos los de Caperucita Roja o La Bella Durmiente. La razón para alejar esas historias del alcance de los niños es muy moderna, como puede entenderse. De hecho, es aquella que impulsa tantas otras decisiones actuales, con más o menos razón o lógica: presunto machismo. Dicho mal y pronto, para ahorrar rodeos.

Caperucita Roja
Homenaje a Caperucita Roja en Holanda. Foto: Aline Dassel en Pixabay.

La noticia saltó a los medios nacionales porque sorprendente, desde luego, era un rato. No se puede negar, sin hacer juicios de valor, que inédito sí que era el hecho. Era y es, realmente. Hay que tener en cuenta que para quienes nos formamos en aquellos primeros años de democracia en España –libertad sin ira, libertad–, y estamos hablando de finales de la década de los setenta y años ochenta del siglo pasado, aceptar la aplicación de cualquier tipo de censura requiere de motivos no discutibles, de comprensión global y de apoyo prácticamente unánime, y por eso nos parece una y otra vez que España era más libre hace 35 años que ahora. Nos educamos en la convicción, firme y segura, de que la tolerancia nos haría mejores, como individuos y como sociedad, porque aprenderíamos a explicarnos, a entendernos y a aceptarnos. Nos hicimos hombres y mujeres orgullosos y orgullosas de ese talante, capaces de superar barreras históricas, odios y cuitas que no iban con nosotros. Pero es evidente que algo ha fallado en algún punto del camino, porque la afición por censurar y prohibir, bien avanzado el siglo XXI, es creciente. ¿Por qué? Porque siempre es más fácil destruir que construir. Porque cualquier ejercicio intelectual exige lo que la simpleza no puede. Y porque hay gente enfadada con todo.

El contexto, oiga

La historia de Caperucita Roja es de origen medieval y como tal habría que entenderla, con la perspectiva que nos debe aportar nuestra realidad de seres evolucionados. De hecho, el viejo relato alemán de Rotkäppchen se extendió oralmente por toda Europa para advertir a los niños del peligro de entablar relaciones con desconocidos, pero era extremadamente cruel, tanto que el primer autor que lo recogió en un libro, Charles Perrault en el siglo XVII, lo dulcificó mucho, aunque no lo suficiente como para que con el paso del tiempo siguiera resultando aceptable para sus fines. Así, cuando en el siglo XIX los célebres hermanos Grimm lo incluyeron en su compilación de cuentos de hadas (Cuentos para la infancia y el hogar), lo hicieron aún más amable, e introdujeron el final feliz que hoy conocemos y que hasta entonces no tenía. Han transcurridos otros dos siglos y podría ser, por qué no, que la historia de Caperucita Roja, como otros, requiriera un tercer cambio para seguir siendo útil… o simplemente coherente con las creencias actuales. Pero es mucho más fácil negarlo. Libros a la hoguera. En el siglo XXI.

Esto es lo que nos da pena. Lo mollar de la noticia no es si el cuento de Caperucita Roja reproduce o no patrones sexistas, como defienden sus censores, sino la incapacidad de estos para integrar la más vieja tradición cultural europea en la realidad del pensamiento moderno y la facilidad con la que optaron por el camino corto, el que no requiere reflexión ni creatividad. Jugar a ser justicieros. Censurar.

La igualdad plena ha de ser el triunfo de la evolución intelectual y moral del ser humano, y por eso será imposible lograrla tomando caminos regresivos, desdeñando valores y principios capitales como el de la tolerancia o el de la integración.