Las redes y el jardín abierto de los idiotas que se creen justicieros

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Narcisismo, vanidad y soberbia formulan una mezcla explosiva que dispara el ego y hace que muchas personas tengan que vivir permanentemente agarradas a algo, las 24 horas de cada día, para no salir volando como un globo de helio, hinchados como están de quererse tanto y sobre todo de despreciar al mismo tiempo al resto del mundo. La frustración que les produce no tener lo que están convencidos que merecen, que es todo, mientras a aquellos que tanto desdeñan les sonríe la vida como ellos quisieran es la guinda para un comportamiento anómalo, envidia se llama, que se expresa de diferentes maneras y que en los últimos años ha encontrado una vía de escape atómicamente perniciosa en las redes sociales, normalmente, además, desde el anonimato que estas permiten. El terreno para liberar su odio es perfecto, porque pueden ofender, insultar pontificar, injuriar, mentir, engañar, emponzoñar y, en fin, dar rienda suelta a sus miserias, y todo ello gratis y, si quieren, con una máscara puesta para que nadie sepa quiénes son. Con total impunidad. La pregunta es: ¿en qué momento a esta sociedad actual le saltó un circuito para permitir este tipo de prácticas y, encima, considerar a los monos con pistola parte del progreso tecnológico, o simple efecto colateral del mismo?

Mono con pitola

Esa soberbia herida sangra bilis que acorta la vista y alarga la lengua, sobre todo porque narcotiza el ego. Y lo hace de tal manera que los sujetos en cuestión sienten un placer incomparable cada vez que dejan fluir públicamente sus fobias y sus mierdas, con perdón. Hacer daño les mola porque les reconforta que otros lo pasen peor, principal síntoma de la imbecilidad por otra parte, pero todavía pueden quemar más madera, y es cuando creen que las redes sociales o las infinitas cañerías de la nueva tecnología globalizadora pueden convertirles en implacable justicieros. Hay de verdad, aunque cueste trabajo creerlo, personas que flotan en un estadio superior de la idiotez y que realmente piensan que tienen siempre la razón, hablen de gatos o de física cuántica, de lo que conocen o de algo de lo que no tienen ni idea, y se creen guardianes tanto de la verdad como del proceder correcto, lo que les permite decir lo que está bien, lo que está mal y cómo tienes que hacer y vivir. Elevados a este punto, levitando sobre sus creencias podridas, muchos deciden quitarse la máscara convencidos de que su público está deseando aplaudirles a cara descubierta y hacerse selfies con ellos. La ignorancia es osadísima, sí, pero es que todos estos comportamientos arrancan en la convicción de una sabiduría divina o mesiánica incomprensible, la mayoría de las veces ridícula y siempre vergonzante. Son personas que tienen espíritu de tertuliano mediático frustrado y lo suyo es repartir estopa indiscriminadamente y, sobre todo, interesadamente, todo lo cual les proporciona sensación de poder o de ser tan superiores como siempre han creído.

Más pronto que tarde la sociedad necesitará poner coto a estas prácticas casi descontroladas, ya que las redes sociales, desbordadas por un lado pero también luciendo su punto de cinismo, pretenden convencernos de que es posible neutralizar a los haters de todo tipo con programación y parametrización propia, y esto no se lo creen ni ellas (los hechos obligan). El mensaje del odio está cambiando y enrareciendo cada vez más la vida en comunidad y el peligro que supone no entender esto y, por consiguiente, retrasar la actuación firme para recuperar el respeto como norma principal de convivencia es de consecuencias imposibles de valorar. Son muchos los mensajes de alerta publicados y transmitidos últimamente en relación a esta amenaza, afortunadamente, pero fue especialmente interesante en este sentido escuchar hace poco el discurso del presidente de la ONG “Movimiento contra la Intolerancia”, Esteban Ibarra, en un programa de televisión de amplia audiencia, donde explicaba sus temores respecto a este problema (“libertad de expresión no es libertad de agresión”) y sugería la necesidad de empezar a regular más pronto que tarde determinados contenidos en foros de internet y otros canales que están siendo manipulados para fines perniciosos. No podemos estar más de acuerdo. Cuanto antes, mejor.