Actitud y talento, superpoderes… y algo más (para evitar la frustración de la industria de la felicidad)

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Tengo cierta curiosidad por saber cuánta frustración ha generado y genera la llamada industria de la felicidad, tan floreciente ella, a cuyo carro se ha subido en los últimos tiempos demasiada gente –entre charlatanes, aprovechados y desocupados– para vender crecepelos y superpoderes. La gestión perversa de diversas ciencias, tesis apócrifas e inventos varios puede tener unos efectos devastadores en personas que terminan creyendo a pie juntillas que el secreto del éxito es tan solo el empoderamiento, o una hipertrofia muscular de la autoestima, es decir, que el triunfo, en la vida o en una empresa concreta, depende solamente de uno mismo, del esfuerzo personal, de la perseverancia que sea capaz de mantener en su misión, del trabajo que pueda desarrollar… En fin, de la explotación guerrillera, sacrificada y sufrida de las virtudes propias, elevadas a superpoderes irreales por una sugestión muy bien construida.

La motivación y el discurso del valor personal y de la importancia de la actitud encuentra, como todo, sus gurús, que sostienen mensajes completos, y también sus farsantes, por supuesto, y hay que tener mucho cuidado con estos porque en estados de baja autoestima, de necesidad y no digamos de desesperación, las personas quieren creer en posibles salidas airosas, aunque resulten rocambolescas, y bajan el listón de la exigencia de coherencia y certidumbre para encontrar creíble y útil una propuesta a la que agarrarse para atreverse a tomar un atajo desconocido rumbo al final de sus problemas. ¿Y qué pasa cuando los resultados no son los esperados?

Esfuerzo
El esfuerzo personal es básico para el triunfo, pero es perverso hacer creer a alguien que con eso basta. Foto: Engin Akyurt en Pixabay.

Por otro lado, si nos salimos de esta industria de la felicidad o del optimismo, las personas, digamos, referentes, aquellas que son famosas e incluso célebres o al menos reconocidas por sus méritos y que encarnan los valores del triunfo, pueden tener también un poder de influencia grande sobre quienes están buscando su camino en la vida, y en muchos casos no son conscientes de ello a la hora de expresarse públicamente. Cuidado una vez más. Ese aforismo según el cual “es muy difícil llegar, pero mucho más mantenerse” no es solo una frase hecha. Alcanzar una posición de éxito no es fácil, desde luego, pero es factible si se dan las circunstancias adecuadas, una coyuntura favorable. Ahora bien, mantenerse en esa posición de triunfo, que es un concepto escalable y tiene infinitos niveles, absolutos y relativos, requiere definitivamente de una valía: talento, cualificación, constancia, capacidad de sufrimiento y de trabajo, etcétera, etcétera, etcétera. Se puede llegar al triunfo por casualidad, por azar o porque un tercero quiso, pero lo normal es que cada persona pueda mantenerse por largo tiempo en el nivel al que puede estar dando el máximo. Ni más ni menos.

Lo que marca las diferencias

Hace un instante, en un programa de televisión de enorme audiencia le han preguntado por “el secreto de su éxito” a un chef de moda con más estrellas (Michelín) que el trocito de cielo que se ve desde mi casa. La respuesta ha sido rápida: “Tesón, constancia, mucho trabajo y esfuerzo, y siempre toda la fe en mis posibilidades… Si crees en lo que haces y pones todo tu empeño y toda tu pasión en ello, el éxito llega”. Y seguro que ese afamado cocinero puso toda la carne en el asador para hacer realidad su sueño, desde los tiempos de la formación, seguro, pero probablemente en su camino encontró gente que le ayudó, quién sabe si alguien que le impulsó o incluso que le financió; probablemente se dieron en algún momento circunstancias a su favor, incluso casuales más que causales y quizá hasta fue bendecido por algún golpe de buena suerte; y finalmente, ya a la hora del triunfo definitivo, la reputación de sus restaurantes se apoya tanto en su talento y en su prestigio personal como en el trabajo del amplio equipo que necesariamente le respalda. Por supuesto que el esfuerzo, el tesón, la constancia y, en suma, la actitud, son valores clave para poder afrontar cualquier reto con posibilidades de éxito, pero no lo son todo. Hay mucha gente que se esfuerza todo lo que puede, que da todo lo que tiene, que se sacrifica de forma ejemplar, que hace lo debido y acude a los profesionales y especialistas correspondientes para no dejar nada al azar. Y que a pesar de esto, y de superarse una y otra vez, y de no abandonarse tras cualquier caída, y de crecerse ante la adversidad… no triunfa, no llega a la meta que ansía. Hay hombres y mujeres con talento y con actitud que no llegan, que se quedan en meros espectadores de otros que sí triunfan incluso sin hacer gala de tantas virtudes. Quizá no se encontraron en su camino con la persona adecuada, quizá no cayeron en gracia, quizá tomaron una mala decisión, quizá no fueron capaces de entender algunas claves, quizá fueron víctimas de algún prejuicio, quizá no estuvieron en el sitio adecuado en el momento oportuno… quién sabe. Por eso el éxito tiene tanto valor, porque no depende de uno solo, y esto hay que decirlo para no engañar a nadie y para evitar frustraciones. La vida es así. Y por eso, a la hora de contar “el secreto del triunfo” hay que acordarse más de las ayudas, de los apoyos y de los equipos que de las virtudes propias. Esto marca muchas diferencias.