Los referentes no pueden fallar

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Tuit de El País
Tuit de El País del 15 de agosto de 2019.

En agosto se multiplican los errores y las malas decisiones en los medios de comunicación. Es lo que pasa cada año, y se acepta con una naturalidad ciertamente chocante, cuando los periodistas experimentados toman sus vacaciones y los meritorios se hacen con el poder de las redacciones, en algunos casos de manera casi absoluta. Sin embargo, alguien ha de quedar siempre al mando. Los fallos de primer nivel deben evitarse y los que puedan tener un carácter mayor, estratégico, han de impedirse como sea. Alguien con autoridad y con solvencia en el oficio tiene que ser el filtro necesario para que patinazos como los que llenan los libros de anécdotas no se produzcan. No en mi periódico. No en mi medio.

Pero los errores se dan, y probablemente es algo consustancial a la actividad. Se dan hasta en El País, porque como dice el refranero español, hasta el mejor escribano echa un borrón. Ahora bien, los errores de bulto en el emblemático diario del Grupo Prisa suelen sorprender más, y si son tan gruesos como el que se ha deslizado esta semana, se convierten incluso en noticia de alcance. Sin entrar a valorar si El País sigue siendo o no el gran periódico de referencia en España, no es opinable que se trata de una cabecera que, gustando más o menos, históricamente ha cuidado muchísimo sus contenidos, la redacción, el estilo, su Periodismo de escuela y la calidad de sus profesionales, y por eso ha sido tan decepcionante encontrar entre los mensajes de sus perfiles en redes sociales en los últimos días una falta a la sensibilidad y al mismo tiempo un desafío a la ética tal como es solicitar que quienes conozcan casos de abusos sexuales “que no hayan visto la luz” los denuncien directamente al periódico, a través de un buzón de correo electrónico. ¿Qué está pasando? ¿Cómo se están moviendo los criterios? ¿Cuál será el siguiente paso, dividir las ediciones entre El País Naranja y El País Limón?

Los medios no deben aspirar a enseñar a vivir a la gente ni jugar a ser justicieros, por mucho que los periodistas más abundantes ahora, más baratos, tiendan peligrosamente a ello. Han de esforzarse para no desubicarse y seguir siendo elementos indispensables para procurar los más elementales equilibrios sociales, y ahora que ya no tienen el monopolio para controlar la creación de opinión, con mucho más motivo. Para ello, obviamente, es prioritario que salvaguarden su propia reputación, la credibilidad que en esta revolución tecnológica no han sabido proteger. La solicitud de El País puede entenderse de muchas formas, y puede darnos para pensar de qué manera actualmente los líderes del periódico sufren algún tipo de putrefacción moral o, peor, creen percibirla en sus propios lectores. Si hubieran reaccionado con una rectificación, cabría pensar que todo fue un error, triste y grave pero propio del mes de agosto. Pero no lo han hecho, y esto es lo más preocupante porque supone una valoración al menos displicente del entorno y un peligroso desdén por su propia reputación como cabecera, que es el activo principal que pueden tener y que en los tiempos que corren marca la diferencia a la hora de tomar decisiones de consumo por parte de los clientes y usuarios. Una gran confusión con derivadas impredecibles.